Muchas noches termino el día tomando una cerveza fresca en una copa de vino sentado en la terraza de casa. Sin música. Escucho en la oscuridad remota de las calles anejas los sonidos de las soldaduras, las vigas de hierro chocando entre sí, los silbatos de los encargados de obra y el motor de los camiones que en tres turnos de ocho horas trabajan en el anonimato, escalando día a día la envergadura de esta ciudad.
Son momentos de recapitulación, sin más compañía que la propia y la satisfacción del trabajo cumplido, para el que faltan horas a menudo. Hoy, sin embargo, esa recapitulación me trae de refilón las esquinas del centro de Cádiz, el cielo azul desnudo, el silencio de mi ciudad en comparación con el ajetreo de la China, y el aeropuerto de Barcelona que siempre me recibe. De refilón ya saboreo los abrazos de una madre, las sonrisas de un padre y los secretos de un hermano. Veo a mis tíos que son los abuelos que uno apenas pudo disfrutar y a mis primos, con quienes comparto íntegramente la fotografía de la vida desde los comienzos.
Ya camino por las calles de mi ciudad, me acomodo temprano sobre la arena de la playa junto a un libro que no sé si leeré por contemplar inmensos regalos que saben a naturaleza: el horizonte del Océano, la Catedral al fondo de Santa María y las conversaciones de mis paisanos, a quienes solo oigo en los ecos de la memoria el resto del año.
Me reencuentro con señoras en bañador con cabellos entreverados por rulos de mercerías de barrio; pandillas de adolescentes jugando al fútbol en la arena mojada; jubilados morenos de fidelidad al sol con cadenas de oro que caminan por la orilla engullendo los cotilleos de los mentideros. Me adentro en mi Plaza de Abastos, admiro el sosiego de la gente hundiendo su churro en el chocolate caliente, el puesto de los chicharrones o Matías repartiendo pasquines de sonrisas mientras vende sus aceitunas a una cola de gente que paga por los pasquines más que por las aceitunas. Veo a los turistas en la azotea de la Torre Tavira, junto a la Cámara Oscura. Me reencuentro con mis amigos de la infancia, me cruzo con profesores que ya no me reconocen o con nuevos comercios que refrescan las tendencias. Y poco a poco, cada vez que me toca volver a España, me siento más nervioso, menos seguro de encajar allí entre los míos, pero invadido de alborozo por todos esos minutos que me aguardan en mi exótica tierra.
Pero cada día mi rutina se agranda más en Guangzhou. Mis amigos han vuelto a cambiar como las hojas del otoño y son otros los que comparten el mismo espacio vital, inquietudes laborales, gente en común y mismo bar en el que tomar una cerveza entre corrientes conversaciones. Las personas se despiden, pero siempre alguien nuevo rellena la copa vacía y la bebe contigo. Mi barrio es Liede, mi metro es la línea roja y mis vistas, un parque sumergido en la neblina sempiterna que se avista entre bloques histriónicos, de ascensores enormes que suben 48 plantas en 48 segundos. Las lluvias vienen en verano y los periodos de estío, en invierno. Amanezco siete o seis horas antes que España, dependiendo de la estación del año, y empiezo a mezclar tres idiomas en la cabeza que muchas veces rebotan entre ellos por voluntad ajena. Me encanta planear escapadas por países de Asia, perderme en el entramado vital de los subterráneos de mi ciudad, observar los modales de su gente, la manera en que agarran los palillos con una técnica deformada tan heterodoxa y bella como la letra torcida de un médico en occidente. En las calles sobresalen hordas de jóvenes que sueñan con objetivos tan humildes como encontrar a la pareja perfecta y que componen el mosaico de una sociedad que, como el empuje de una montaña que nace, dominará el mundo. Detesto y amo sus torpezas de sentido común, y admiro su larga trayectoria en el comercio, con cientos de millones de leguas de distancia con respecto a países como por ejemplo, España.
En China tengo mi casa. En China siento que se han levantado muchas barreras opresoras inherentes a nuestra cultura envejecida y prejuiciosa. Siento la libertad cabalgando a diario. Hacer lo que me pide el cuerpo. Y un horizonte por ser dibujado.
Pero reconozco que el puzzle de la felicidad no funcionaría sin encajar en él las piezas de mi casa, de Cádiz y España al menos un par de veces al año. Necesito tanto su cielo como la selva viva de mi ciudad china. Necesito el olor de mi casa, el crujido de las persianas amaneciendo, el piar de los pájaros entrando en el silencio de mi cuarto, el olor de los platos que cocina mi madre para poner un día más esa comida de artesana sobre manteles de tela que han estado siempre yendo de la despensa al comedor y del comedor a la despensa. Uno nunca olvida de donde viene, porque guarda fosilizadas esas sensaciones vernáculas. El tiempo se queda sin tiempo para erosionar más de lo justo. Y recapitulando, saboreo ese último trago de cerveza, aún fresca, en los estertores del día y al umbral de la madrugada. Escuchando Guangzhou desde mi terraza.
sábado, 19 de julio de 2014
sábado, 5 de julio de 2014
Volver
Me gustaría rebobinar al pasado, que volvieran a la vida los que se marcharon y, con lo poco vivido, pero suficiente, escuchar lo que hablan de lo mucho vivido.
Tras la pesadilla
Soñar que te marchas pronto.
Salírseme las lágrimas de los ojos cerrados.
Escuchar que me hablas al día siguiente, todavía vital.
domingo, 8 de junio de 2014
Hienas españolas
https://www.youtube.com/watch?v=0f95ffWYR2M
Esto es
España. Un periodista de ideología parasitaria que torpedea a un generador de
riqueza y rentas, cuando la entrevista debería ser todo lo contrario, más bien una alabanza para quien crea tantos puestos de trabajo evitando que la bolsa
de parados reviente. Sin embargo, el Che GueÉvole, muy progre y benefactor
para con los pobres, fustiga, oprime y ahoga a quien genera esos puestos de
trabajo, creando una inquina febril entre su nutrido número de seguidores,
que segregan babas como hienas ante ese 'puerco' empresario que da de comer a
tantas familias y ayuda a la hidratación de la economía española, entre otras
cosas.
Así
entendemos el periodismo y la educación en España. El periodista bombardea a
uno de los adalides de la riqueza nacional, a uno de las personas que dignifican
el nombre de España en el exterior, por su trabajo y obra empresarial; pero instiga a los
espectadores a pensar que Florentino es un explotador, un estafador y un
inhumano. Tanto a este empresario como a cualquier otro de los que crean más
puestos de trabajo en España, ventas al exterior e imagen de marca nacional le
debemos homenajes y calles con sus nombres, si hiciera falta. Este tipo de
gente es a quien debería estudiarse en las universidades y en los colegios. Sin
embargo, de derechos sindicales y de educación lésbica tenemos folletos de
sobra. Ahora entenderán que muchos empresarios decidan marcharse de España, como aquellos vascos que emigraron hostigados por su raigambre española (olvidando los vascos hostigadores que antes de pro Arana fueron pro Carlistas, monárquicos). Ya
no solo son los impuestos de un Gobierno social ortodoxo, sino tus propios
compatriotas, periodistas o políticos, los que te fustigan por ser rico con el
sudor de las 24/7 (24 horas 7 días a la semana) y generar miles de puestos de trabajo. Y presumirás de ser muy catalán, Jordi Évole, pero llevas todo el adn de esa España anquilosada en la
inquisición, la envidia y el paternalismo de Estado.
Ahora vean la entrevista si desean adrenalina.
sábado, 15 de febrero de 2014
Dios creó el mundo y descansó en Filipinas
EL NIDO
| Puesta de sol en Corón Corón (El Nido) |
9/2/2014
Aunque mi viaje a Filipinas terminó ayer, con un poco de fiebre y un principio de diarrea debido a una leve insolación, la vuelta a China todavía no se ha ejecutado plenamente. Espero sentado en la estación de Hung Hom (Hong Kong) a que salga nuestro tren con destino a Guangzhou que lleva más de una hora de retraso. Filipinas, Palawan. El Nido, al fin y al cabo. No me han dado ni una hora de tregua para escribir e ir cosiendo en mi libreta todos los trazos de cada uno de los días que brotaban en El Nido tras un amanecer temprano, a las 6 de la mañana. Tampoco he querido encontrar esas horas muertas, ya que el presente era demasiado paradisíaco como par no ocupar los sentidos en él.
En esta estación me rodea de nuevo el cemento, la velocidad y mucha gente. Recuerdo con nostalgia los peces que habitan en las aguas transparentes y turquesas de las orillas de los cientos de islotes despoblados del Archipiélago de Bacuit, una procesión de rocas que sobresalen del mar y tras cuyos acantilados aparecen playas vírgenes de palmeras y en sus orillas, cocos pelados que devuelve el mar como botellas con mensajes.
De vuelta de los tours en los cuales hacíamos esas intrusiones entre las rocas calizas y en cuyas formaciones de arrecifes buceábamos para encontrar peces de fantasía, dependiendo del lugar de partida nos encontrábamos a la vuelta, bien con la fachada de El Nido o con la playa de Corón Corón.
Con el sol todavía persistente a nuestras espaldas, preparándose para despedirse, no importaba cuál de las playas estuviéramos avistando para atracar y terminar la ruta, me gustaba preguntar al resto de la expedición: "¿Preferís la llegada en barco al centro financiero de Manhattan desde Staten Island o la llegada a este frontera entre el mar y la selva?". En la primera, son los edificios quienes engullen la tierra y el mar, mientras que en la segunda foto son los árboles y la montaña quienes empequeñecen a un hilo de casas diminutas. Ambas vistas generan la misma excitación interna de gozo a pesar de que una sea la antítesis la una de la otra. Quizá sea comparable sensación la que le produce al estudiante un examen o la primera cita con su enamorada, tan opuestas en significado y tan similares en su manifestación. La cuestión es que a Manhattan te acercas en un barco hecho de planchas de acero con restaurante, cubierta, cristales, pisos, esloras proas y popas; mientras que en este otro navegas en una canoa con patas como de arácnido que dan equilibrio a la embarcación y la naturaleza domina al hombre.
La belleza de El Nido empieza con su localización en el mapa. En un país armado por cientos de archipiélagos, penínsulas e islas, es necesario hacer una división en ocho regiones. Palawán, una de ellas, marca el punto más occidental de Filipinas, un punto de El Pacífico; una isla estrecha y alargada cuya capital, Puerto Princesa, en el centro, sirve de eje para el resto de destinos. Desde Manila se llega a Puerto Princesa en apenas una hora por un precio asequible. Hay aviones prácticamente cada dos horas. Una vez en Puerto Princesa es necesario coger una furgoneta compartida que te lleva a El Nido en una excursión de seis horas hacia el norte. Hacer el viaje de día me permitió maravillarme con el verdor de una isla frondosa en la que no hay rincón marchito. Durante el camino paramos para comer los típicos platos filipinos en una venta de carretera, muchos de los cuales conservan los nombres españoles: adobo, tocino, chicharrón o longganisa. Otras muchas palabras son, por ejemplo: cuchara, cuchillo, tenedor, sorpresa, toalla, labio, mesa, silla, etcétera.
Llegamos a El Nido a la hora del anochecer. Nos encontramos unas calles pobres, con viviendas de techo de uralita, paredes de barro y revestimientos de cañas. El asfalto, que era la unión de calzada y acera, subrayaba esa corta evolución propia de países del mal llamado segundo mundo, con casas de poca envergadura en cuyas primeras plantas los comercios se repetían en fondo y forma salteados a lo largo de las dos calles principales del pueblo. La venta de alimentos, bebidas, droguería y servicios para el turista, bien cursos de buceo, bien paquetes de tours, suponen el humilde motor económico de los miles de filipinos que allí habitan. Además, la cantidad de albergues y resorts era de mayor número de lo que nos había anunciado internet. También los había a pares, pero con una ocupación altísima, ya que el año nuevo chino implica que tanto chinos como extranjeros expatriados en países del sudeste asiático aprovechen la ocasión para tomar unas vacaciones de playa en plena época de frío en Europa y Norteamérica.
Al menos en El Nido, encontré a unos filipinos cuya sonrisa, si diera dinero, los haría asquerosamente ricos. Si pelean, lo disimulan perfectamente; si tienen un mal día, lo esconden en algún rincón de casa; si algo les pudiera incordiar, lo ignoran y vuelven a empezar. Los extranjeros nos preguntábamos ¿cómo podían ser tan amable sin añagaza alguna? Si fingen, lo hacen de primera. En otras zonas de playas paradisíacas del sudeste asiático, como Tailandia, sus sonrisas saben menos naturales y más bien subyace en ellas el hambre del dinero extranjero que trae el turista. No los culpo, pues aprovechan sus recursos como Emiratos su petróleo. Sin embargo, los habitantes de El Nido, en vez de codiciar más dinero, optan por agradecer con su comportamiento la presencia de turistas que les han generado riqueza; un modo de ganarse la vida al menos. Jamás había visto a los turistas dar propina con tanta satisfacción en reconocimiento del trabajo bien hecho.
16/2/2014
Con Filipinas ya en la memoria, cuelgo aquí estas fotos como la mejor prueba de que Dios creó el mundo y se hizo un hueco en Filipinas para descansar. Por unos cientos de años, Filipinas nos perteneció. Dicen que nos dieron la isla de Palawan a cambio de un sombrero, que eso fue todo. Pensemos en que si Palawan siguiera siendo español a día de hoy, este mestizaje entre naturaleza y hombre no sería posible. Calculo que en 10 años, El Nido habrá perdido parte de su esencia y podremos ver una nueva Koh Phi Phi (Tailandia) o un lugar carcomido por la fiesta y sus derivados como ocurre en parte de Boracai. Mientras mantenga su aspecto inocente y salvaje, no hay dudas de que no hay mejor lugar por ahora para recuperar el sentido.
| Mar, playas de arena polvo y rocas, la imagen privilegiada de El Nido y su archipiélago. |
| Caminando por el banco oculto de arena blanca que comunica dos islas |
| Compañeros preparándose para sumergirse. También se ve a algunos buceadores debajo de ellos. |
| Aguas templadas, de entorno a los 27 grados |
| Uno de los tripulantes descansando en la embarcación |
| Al fondo, imagen de la playa Las Cabañas |
| Llegada a Puerto Princesa, vaya costa |
| Puesta de sol en Corón Corón, en el chiringuito de La Plaige |
| Puesta de sol en Corón Corón |
| Tour hacia la catarata del norte de Palawan. Luego resultó que el camino era mucho más impresionante que la catarata en sí mismo, solo una pequeña caída de agua |
| Un ancla encallada en una roca de corales, feo, pero uno no sabe dónde cae el ancla |
| Haciendo esnorquel junto a una gruta |
| Terraplén marino |
| Peces y corales |
| Si ampliáis la imagen podréis ver una estrella de mar de color azul. Son impresionantes, pero ves tantas que te acostumbras. |
| Aspecto de la playa de El Nido, con las canoas esperando a la salida de los turistas hacia alguno de los tours que a diario se organizan por sus islas y recovecos. |
| Primer día de buceo, comenzamos en la playa de este islote, con unas orillas de poca profundidad que nos permitieron completar los primeros ejercicios de inmersión |
| Abandonando uno de los rincones más maravillosos del Archipiélago de Bacuit, en el que se mezclan aguas cristalinas, acantilados y el turquesa del efecto del sol en el agua |
| Los locales son trapecistas en sus embarcaciones y se sienten como en casa |
| Haciendo esnorquel en estas límpidas aguas |
| Me uno a un grupo de colegialas que se fotografiaban junto a la puesta de sol que ofrecen las cabañas de Corón Corón |
| La mejor guía para descubrir El Nido es llegar y dejarte llevar por tus sentidos, hacer lo que te apetezca |
| Huellas de la presencia española en Filipinas |
| Al fin encontré palmeras de coco en la playa. Como en La rosa púrpura del Cairo, me metí dentro de la película |
| Con el sol a punto de ponerse, volvemos a El Nido tras un día de buceo. |
| Incontables playas vírgenes en incontables islotes vírgenes |
| Preparando los aperos para un día de buceo. Al fondo, el poblado de El Nido, unas pequeñas cabañas engullidas en el bosque tropical |
| Otra imagen de El Nido, con la embarcación esperando para zarpar |
| Da gusto contemplar esta playa, esta bahía a punto de zarpar para bucear en sus aguas |
| Una lengua de tierra comunica dos islas de gran envergadura. Se puede pasar andando de una a otra. Parecido a la Punta del Boquerón que une Sancti Petri con la larga playa de Camposoto, en Cádiz |
| Embarcaciones en las que se hacen los tours, pequeñas, caben alrededor de 8 a 10 personas, más tripulación, unos cuatro. La tripulación se encarga también de cocinar y asistir a los turistas |
| La tripulación cocina en una de las patas supletorias de la canoa mientras navegamos entre islas. El pescado, fresco, libre de calorías. |
| Debajo de la embarcación se puede apreciar el comienzo de un arrecife, sumergirse supone descubrir la vida más allá de la tierra. |
| Atracando en una de las islas para descansar o hacer esnorquel en sus alrededores |
| Más imágenes del paraíso |
| Primer día de buceo. A la derecha, mi amigo Víctor, abajo del todo, yo |
| Centro de buceo de El Nido. Hay decenas más como este, pero elegí este por ser uno de los pioneros en el pueblo |
domingo, 11 de agosto de 2013
España no está en crisis
"China es un elefante que crece a la velocidad de un antílope, mientras que el resto del mundo es un antílope que corre a la velocidad de un elefante"
España no está en crisis, sino sumida en un letargo de subvenciones y ayudas que levantaron la economía hasta su cima en mitad de la década pasada. Ahora, sus ciudadanos caen irremediablemente desde la cima de una montaña que para unos queda más alta que para otros. Ciertos empresarios y trabajadores, previendo esa cara menos amable de la montaña se refugiaron en trincheras desde las que atisban ahora el descorrimiento ladera abajo de miles de familias y políticos de buena y mala fe.
Las crisis son para quienes escalaron
por méritos propios y España lo hizo espoleado por agentes externos. Y a España
ahora le toca afrontar la realidad para evitar este sufrimiento; remangarse las
manos y trabajar el doble que el resto, a horas intempestivas, callar y producir; perdonar a quienes no lo hacen y transmitir esa aptitud disciplinada por medio del trabajo a modo de ejemplificación.
En mi mente anidan cada vez más
conceptos de otra cultura, especialmente la china, pero regada en realidad por
personas provenientes de decenas de países que la impregnan de una personalidad
fuerte y receptiva regida por las normas y costumbres locales. Todos estas
personas llegan a China por la misma razón, negocios. Nadie viene a China
porque sea un país hospitalario para con sus huéspedes, sino aceptando una
aventura de meses o años que permitirá a sus matrices conseguir réditos a
través de un mercado que crece a
un ritmo veloz inalcanzable para el resto del mundo. China es un elefante
que corre a la velocidad de un antílope, mientras que Europa es un antílope que
corre a la velocidad de un elefante.
Por otro lado, fabricar en China
sigue siendo eficiente, no solo por la razón monetaria, sino porque la calidad
de sus artículos cada vez es más satisfactoria. A pesar de que la mano de obra se encarezca en la costa este, su vasto interior empieza ya a asumir trabajos de menos cualificación pagados al mismo precio que en Vietnam o Indonesia y que hace unos años en China. Al final, uno acaba
interiorizando las reglas de juego del entorno en el que vive y ese entorno mío
es China y, más aún, el Sudeste Asiático y, por ende, el mosaico de matices de un resto del mundo al que accedes por el contacto con un entorno humano distinto del que creciste.
Dentro de este mundo global, y
haciendo una analogía con la anatomía humana, España se limita a ser un órgano más del cuerpo. Si hiciéramos una comparación entre la anatomía humana y
los países, podríamos decir que Sri Lanka no sería más que un grano en la
superficie de este cuerpo. Por su parte, España conseguiría más protagonismo,
siendo un radio, un cúbito o un esternón. Es decir, un elemento importante de
este mundo, pero no vital. Si valoramos a ciudades como Cádiz, entonces, hablaríamos de un poro de la piel o un vello capilar, por mucho que el ciudadano gaditano
sea peculiar o considere su porción de tierra como el centro del universo. Sin embargo, hay otros
países, otras ciudades cuyo funcionamiento suponen una especial importancia
para el resto del cuerpo -o del mundo-. Hablamos de países como
Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Italia, Rusia, India, Australia, Japón,
Brasil, Turquía; o demarcaciones casi continentales, como sería el África
negra, el Golfo Pérsico o los países musulmanes de oriente próximo u occidente. En este
conglomerado se encuentran todos los órganos vitales del cuerpo, el corazón, el
cerebro, los pulmones, el riñón, el hígado, la sangre, las venas o el bazo.
Estos países representan una categoría que España alcanzó durante el gobierno
de Aznar, pero que rápidamente perdió. Para ir concretando más, la basura
política que se almacena en los telediarios, en los periódicos y en las
conversaciones de la calle huele a miles de kilómetros de distancia. Ese hedor
causa un alejamiento del resto de órganos importantes y de las células que en ellos habitan,
sus ciudadanos, hacia España. Solamente nuestro sol, nuestras playas y paisajes consiguen
reunir a extranjeros dentro de sus fronteras, pero con un sólo propósito, el
turismo.
Aterrizo en España y mi primera
parada es la Costa Brava. Uno pasa por allí y no encuentra hueco en sus
edificios sin banderas catalanas impostadas a causa de una
dictadura silenciosa, enfermiza y pija que como la artrosis, disminuye el resto de articulaciones del país. Días más tarde bajo a Málaga y escucho el silencio de una ciudad que, como muchas otras
ciudades, dormita por el verano y que prefiere soñar en clave de queja a
levantarse y reivindicar su dignidad del trabajo. Y finalmente acabo en Cádiz, en un
lugar donde cada genio actúa como satélite implorando derechos y sin aportar ideas comunes o capacidad de sacrificio para mejorar.
Y para colmo, los españoles que se encuentran con fuerzas para trabajar se topan con una ley cicatera que desanima al emprendedor, que
es más condescendiente con el trabajador que con el empresario, y con unos
políticos que se quedan con ese dinero limpio y honrado que los trabajadores y
los empresarios ganan para pagar cada mes los gastos públicos de un estado
social del que todos podemos beneficiarnos.
Por otro lado, España representa
la pasión, es el faro de la alegría del mundo. El rostro de una bailaora en
pleno arte no tiene parangón. Y las pasiones y la energía, tanto de su gente
como de sus cielos, atraen a millones de turistas cada año, tanto, que somos
uno de los cinco países que más turistas recibe. Desgraciadamente, los domingos
no abren las tiendas o tenemos casi tres meses de verano en los que el país
trabaja con servicios mínimos, por culpa de unos sindicatos que han recibido
demasiados caprichos de una democracia condescendiente que se desbordó dando
derechos sin exigir apenas obligaciones. Y quizá nadie tenga la culpa, quizá
sea solo causa de un clima que aplatana a la población.
Sin embargo, lo que queda por
venir son logros. Los niños de la generación perdida se han ido al extranjero a
encontrarse y a alimentar todos esos conocimientos que, mejor o peor,
aprendieron en sus colegios y universidades. Toda esa materia prima será
devuelta a España como producto terminado, porque nadie olvida de donde viene y
por qué son como son, por mucho que ahora huyan de un país apestado. De ahí que
debates tan pueriles como las independencias, o acciones tan adolescentes en
Cataluña, País Vasco o Galicia de gente que se limita a su televisión regional
para evitar contacto con el resto de los leprosos (no olvidemos que
ellos son también portadores de esa lepra) generen más contaminación en España de la
que ya hay.
Cuando uno se va fuera y vive con
españoles que persiguen el bienestar además de devolver a su país parte de la
dignidad perdida, esa pluralidad tan políticamente correcta de España se
transforma en singularidad de un país muy diferente con el resto de países. En
el extranjero los corruptos se desprecian por inservibles y los debates repetitivos
de política se evitan. Para qué. Al fin y al cabo, un empresario español, bien
sea en el extranjero o en España, solo percibe tres cosas de la política: que
paga muchos impuestos, que existe una gran pantalla opresora para el
crecimiento y que el dinero por cargas fiscales que pagan lo aprovechan
políticos de mucha y poca monta que salen de viveros de vividores. La mayoría
de ellos perdieron la ética cuando todavía enseñaban dientes de leche en su
carrera política. Los empresarios, por su parte, se centran en desarrollar
planes estratégicos para remar en una dirección que acabe por generar riqueza.
Lastimosamente, los políticos españoles y la sociedad aletargada anclada en la
queja añaden piedras a aquellos que se encargan de remar.
lunes, 27 de mayo de 2013
Cuando los hábitos cambian
*Primer artículo a publicar en El Independiente de Cádiz, último diario nacido en la capital gaditana. Dedicado a mi tía Mercedes, que me sigue fiel desde Ferrol y a la que espero ver pronto.
![]() |
| Grupo de españoles y chinas de la Oficina Económica y Comercial de España en Cantón tras recibir el último envío de Cola Cao. De izquierda a derecha: Mina, yo (arriba), Jonan, Sergio, Amy y Alegría. |
La leche. Las
magdalenas. El Cola Cao. ¿Qué desayuna uno en China? Mejor dicho, qué desayuna
uno en Guangzhou. El desayuno, una rutina resuelta antes de andar y que de
repente se convierte en problema. ¿Guangzhou? Una ciudad al sur de China que sonará
a nueva para el 95% de los que acaban de leer. Y cuyo 5 por ciento restante no
lo pronunciará correctamente en pinyin. "¿¿Lo qué?? ¿¿Pinyin??" ¿Que
qué es el pinyin? El alfabeto creado para leer los caracteres al modo occidental.
Un invento de Mao. ¿¿Mao?? Por favor.
Semanas antes
de volar a China debes sentarte y reflexionar, aunque no te acuerdes de cómo se
hacía eso. Y priorizas las contingencias que sin remedio hay que resolver o
dejar medio resueltas. El banco, cómo conseguir sacar dinero sin que te quiten
un euro por comisiones. Hay opciones. Las hay, de verdad. El piso, con quién
vas a vivir. Me meto con un chino para aprender el idioma o me relajo un poco y
voy a lo seguro. Un occidental. Mejor español. En qué zona vivir. Lees los
foros de los extranjeros, el Facebook. Escarbas y encuentras. El teléfono. El
gazpacho de Blackberry con internet y China no funciona. Has de cambiar de
teléfono si vienes con Blackberry. Yo lo hice y qué acierto. Los extranjeros,
en qué barrio viven. Mejor dicho, los occidentales, porque no es lo mismo un
extranjero de Siria que uno de Italia. El metro. Las conexiones. La oficina en
la que vas a trabajar. Las vacunas. Llegar del aeropuerto a tu casa el primer
día. No es moco de pavo, porque te preguntas, ¿habrá alguna indicación dentro
del metro en inglés, o vendrá todo en caracteres tal y como pasa en Bulgaria
con el cirílico? Y si cojo un taxi. He leído que hay ilegales. Mejor evitarlos.
Y además, ¿cómo le digo al taxista dónde quiero ir si no sé hablar chino?
Reconócelo, da miedo.
Llegas a China
y te das cuenta de que todo eso que has resuelto, que te había dejado en paz
con tu mente, se convierte en una cuestión menor. Hay que desayunar. Y entonces
vas al supermercado la tarde en la que llegas, con un aturdimiento de
diferencia horaria que deja a tu cerebro con las constantes vitales. Y cuando
vas a la estantería de los dulces para comprar magdalenas, te das cuenta de
que, no solo es que no haya magdalenas, sino que no existe el chocolate. No hay
productos de chocolate. En una estantería escondida descubres que hay Oreos y Chips Ahoy. Dos inventos
americanos que asaltaron los Supersoles y Carrefoures de España y que han
llegado hasta China con un envoltorio que, aunque sepas que son Oreos, te hacen
dudar, porque no estás acostumbrado a leerlo en 'hanzi', o sea, caracteres
chinos. ¿Y la leche? Cuesta dos euros. Porque de la china no te fías. Porque
cuando estabas en Cádiz los días previos al viaje, nervioso, te informaste
sobre China y descubriste que, una vez al trimestre, hay un escándalo
alimenticio ocasionado por su leche. Y es esa leche sospechosa la única que en
precios se asemeja a la de tu Mercadona. Buscas y encuentras leche extranjera.
De Nueva Zelanda, de Australia, de Alemania, de Francia. No está la Asturiana.
¿Por qué no hay leche española en China? Tema aparte que podría ocupar un
artículo entero. Pero ni la hay, ni la habrá. Miras el precio de la leche
extranjera, que asciende hasta los 20 o 28 yuanes. Más de 2,5 euros un cartón.
Incluso 3 euros. Y cuando te compras la leche y vuelves a tu casa, recuerdas
que no tienes Cola Cao. Y, si vuelves al supermercado chino a buscarlo, no lo
verás, porque vives en Cantón. ¿¿Cantón?? Sí. La fábrica del mundo. Una
provincia china de más de 100 millones de habitantes cuya extensión es más de
media España y su capital es Guangzhou. Un amasijo de polución que ciega el
horizonte a diario. Resulta que Cola Cao, o Gao le Gao (su pronunciación en
pinyin, que significa Alto Feliz Alto), lleva 20 años en China, y está presente
en todas las provincias chinas menos en Cantón.
Meses después
de que pusiera pies en China en marzo, en pleno verano ya, intercepté un correo
electrónico que hacía referencia a Cola Cao. Trabajaba por entonces en la
Oficina Económica y Comercial de España en el Sur de China y el programa de TVE 'El Exportador' nos pedía contactos de empresas españolas establecidas en nuestra
área de control, el sur. Me lo preguntaban a mí directamente porque, al estar
encargado del departamento agroalimentario, podía ser más fácil dar con alguna
empresa española. Abundan más las agroalimentarias que de cualquier otro sector.
O quizá andan menos agazapadas. Aun así no di con ninguna del gusto de El
Exportador, pero me quedé con el correo de Cola Cao, precisamente el de su
máximo responsable en China, Joan Cornellá. Escribí con el alma, ni corazón ni
cabeza. Le pedí explicaciones de por qué en Cantón tenía que estar pagando casi
6 EUR por un bote de Nesquick de 303 gramos mientras Cola Cao no se encontraba
por ninguna parte. Cornellá me respondió, en un tono amistoso, que ese problema
iba a resolverse. Me envió una caja llena de sobres de Cola Cao. A día de hoy,
casi un año más tarde, aún me queda mercancía. Hace unas semanas, un
compatriota español, el presidente de la Cámara de Comercio de España en el Sur
de China, que acababa de llegar de Pekín de mantener unas reuniones de trabajo,
me mandaba recuerdos, precisamente de parte de Joan. Aproveché la ocasión para
devolverle el saludo y suplicarle más Cola Cao para la comunidad española.
Españoles por el mundo, el programa de la 1, nos hace pensar que el jamón es lo que más echamos de menos. Pero no es verdad. Lo que más se echa de menos, al menos en el sur de China, es el desayuno: las tostadas con aceite, el pan con paté y el Cola Cao. No hay pan de barra, salvo en barrios muy occidentales. El precio de una barra de pan es de 1,5 euros y tiene menos calidad que el pueden adquirir ustedes en el chino de la esquina del barrio de La Laguna a 30 céntimos. Pero sabe a gloria por su escasez. Como sucede con muchos otros productos, la simple apariencia occidental de algunos comestibles dobla el precio de productos que son de primera necesidad o de uso habitual para nosotros. El aceite de oliva virgen extra, por ejemplo. Uno de calidad normal: 10 euros. ¿Y saben cuál es el aceite que más se vende en China? El aceite Betis. Yo tampoco lo había visto en el Carrefour de mi barrio, pero aquí arrasa. No solo en las estanterías, sino en la televisión nacional, con campañas de publicidad notables. ¿La empresa? Una sevillana. ¿Y si les menciono Gullón? Una empresa galletera palentina que en España no debe copar ni siquiera un quinto del porcentaje de mercado que copa en China. En prácticamente cualquier supermercado, en cualquier tienda de conveniencia (las que abren 24 horas, como Seven Eleven o Family Mart), se pueden ver estas galletas españolas, en su forma digestiva, en forma de emparedado de chocolate, con pepitas de chocolate... Lo que quieras. Lo mismo con Gallo. Las pastas de toda la vida en nuestras casas. ¿A qué se debe el éxito de estas dos últimas marcas? A una potente empresa de distribución china con tentáculos en todo el país cuya oferta de productos españoles cubre el 80% de su catálogo. Una empresa de distribución que es el sueño para muchos españoles que quieren sacar el cuello de la asfixia europea.
Españoles por el mundo, el programa de la 1, nos hace pensar que el jamón es lo que más echamos de menos. Pero no es verdad. Lo que más se echa de menos, al menos en el sur de China, es el desayuno: las tostadas con aceite, el pan con paté y el Cola Cao. No hay pan de barra, salvo en barrios muy occidentales. El precio de una barra de pan es de 1,5 euros y tiene menos calidad que el pueden adquirir ustedes en el chino de la esquina del barrio de La Laguna a 30 céntimos. Pero sabe a gloria por su escasez. Como sucede con muchos otros productos, la simple apariencia occidental de algunos comestibles dobla el precio de productos que son de primera necesidad o de uso habitual para nosotros. El aceite de oliva virgen extra, por ejemplo. Uno de calidad normal: 10 euros. ¿Y saben cuál es el aceite que más se vende en China? El aceite Betis. Yo tampoco lo había visto en el Carrefour de mi barrio, pero aquí arrasa. No solo en las estanterías, sino en la televisión nacional, con campañas de publicidad notables. ¿La empresa? Una sevillana. ¿Y si les menciono Gullón? Una empresa galletera palentina que en España no debe copar ni siquiera un quinto del porcentaje de mercado que copa en China. En prácticamente cualquier supermercado, en cualquier tienda de conveniencia (las que abren 24 horas, como Seven Eleven o Family Mart), se pueden ver estas galletas españolas, en su forma digestiva, en forma de emparedado de chocolate, con pepitas de chocolate... Lo que quieras. Lo mismo con Gallo. Las pastas de toda la vida en nuestras casas. ¿A qué se debe el éxito de estas dos últimas marcas? A una potente empresa de distribución china con tentáculos en todo el país cuya oferta de productos españoles cubre el 80% de su catálogo. Una empresa de distribución que es el sueño para muchos españoles que quieren sacar el cuello de la asfixia europea.
Paradójicamente,
cuando regreso a España por vacaciones y pasan varias semanas, empiezo a
extrañar silenciosamente algunas costumbres chinas y parte de su gastronomía.
Al fin y al cabo, adaptarse o no a un país y a sus hábitos depende más de la
voluntad de uno que de las barreras del otro.
Cuando terminen
de leer el periódico, saboreen el último sorbo de Cola Cao. Y no obvien, sin más, momentos como el de untar manteca colorá a una rebanada de pan de campo, comer
un Bollycao a las seis de la tarde o acompañar con picos, ay los picos, una
ensaladilla rusa. Porque la felicidad se esconde en cada uno de esos pequeños bocados.
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