miércoles, 11 de julio de 2012

extracto de la entrevista al cónsul. Dentro de poco, entera







Entrevista - Carlos Morales, primer cónsul de España en el sur de China
(final de mandato de tres años).

La entrevista al cónsul saliente de España en el sur de China contiene tres bloques:
1- comercial / económico
2- político
3- personal / consulado.

A continuación se presenta un extracto de la entrevista, con titular, entradilla y un par de preguntas que demuestran el estilo de la noticia.

La entrevista duró alrededor de una hora y contiene más de 5.000 palabras.




Título:
"El día que en España la educación tenga tanta importancia como el fútbol, empezaremos a cambiar"

Subtítulo:
Morales critica que ninguna autoridad española haya venido a China en los últimos años para convencer a una compañía área china de que abra un puente con España y lo considera "un asunto prioritario" si de verdad se quiere atraer la inversión china a nuestro país.

Entradilla: Carlos Morales, primer cónsul de España en el sur de China, termina después de tres años con el reto de dar a luz el consulado de España en una demarcación que reúne siete provincias y en la que viven más personas que en todos los Estados Unidos. En 2009, Guangzhou, la capital de Cantón, sufría la operación de estética más importante de su historia reciente para albergar los Juegos Asiáticos del 2010. Las líneas de metro florecían hasta convertirse hoy en día en unas de las más modernas del mundo, a los edificios les lavaban la cara hasta que sus fachadas perdieron el aspecto mugriento, las calzadas se reasfaltaban, las zonas financieras engullían a los laberínticos barrios y los rascacielos surgían como setas.

Morales tiene la sensación de haber vivido un cambio en Guangzhou más radical que los tres años que marca el tiempo de su estancia. Aun así, se va con la pena de ver cómo el asunto de los derechos humanos conserva la rancia esencia que palpó tras su aterrizaje "en paracaídas"; asegura sentirse orgulloso de haber ayudado a decenas de empresarios españoles que, muchas veces, cegados por un oasis en donde se avista negocio seguro, se topan de bruces con un escenario repleto de trampas de las que sobreponerse: "Muchos no lo consiguen, pero otros, sí".

Desde que se creó el consulado, el número de españoles registrados en Cantón se ha triplicado y es que en el transvase migratorio entre China y España son más los últimos los que hacen las maletas.
"No me gustan los blogueros, porque en muchas ocasiones hacen un trabajo amateur y publican textos con falta de fundamentos que pueden hacer mucho daño, sin embargo, los periodistas son profesionales en los que confío plenamente", asegura este cónsul de aspecto joven y lozano que no se muerde la lengua. Nos invita a sentarnos en el sofá en el que normalmente escucha, como un psicólogo, a los empresarios españoles, sus hijos aquí. Porque ser cónsul de España en China supone una tarea más paternal que diplomática.


Citas destacadas:
"Los chinos, que son buenos comerciantes, ven que los precios del sector inmobiliario siguen bajando y cuando más bajen y crean que tocan fondo, empezarán a comprar. Zonas como el centro de Madrid, Barcelona, Mallorca o Ibiza siguen teniendo las viviendas muy caras".

"La obsesión por la formación y por el futuro de las nuevas generaciones en países como Corea, Japón o en China no existe en España".

"El deseo de la prensa anglosajona es que la economía china fracase".

"Para determinados centros de poder económicos del mundo, Wall Street Journal o Financial Times, y representantes del capitalismo liberal e individualista, que un país oficialmente comunista funcione y que en los últimos 30 años haga posible el mayor milagro económico de la historia es muy difícil de tragar".

"Venimos de un país con una de las mayores burbujas inmobiliarias de la historia. No creo que los dirigentes chinos, que son más listos que los españoles, permitan que esto pase en China".

"El Hukou (división del campo y ciudad) es un sistema de apartheid interno, que les ha funcionado para evitar que las ciudades chinas se convirtieran en grandes metrópolis tercermundistas como hay en India".

"El chino medio suele ser muy trabajador y aprende muy rápido y cada vez necesita menos los productos de occidente y los que necesitan son cada vez de más calidad y de mayor valor añadido".

"El 80 % de los españoles asentados aquí son pequeños empresarios que tienen grandes problemas para hacer entrar un contenedor, que se enfrentan a leyes volátiles, a normas que cambian sin preaviso, a que sus socios chinos les estafan, a que vayan a los tribunales y los jueces chinos siempre fallan en contra de ellos...".

"Empresarios españoles siguen llegando a China, profesionales liberales como arquitectos o diseñadores siguen llegando y salen adelante, trabajando mucho. Que a lo mejor trabajan lo mismo en España y salen adelante, pues no lo sé, pero prefieren venir aquí".

"Me sorprende que un gran país como China, con dirigentes tan inteligentes y brillantes, porque lo deben ser para dirigir este país, hagan tan mala política con los derechos humanos".

"Los chinos tienen razones para todo, en cambio los españoles a veces actuamos sin saber las razones".




Extractos de la entrevista, según bloques.

POLÍTICA
- La educación en China, ¿está siguiendo el camino adecuado?
-Hay una cosa que admiro no solo de los chinos, sino de todas las culturas asiáticas desde que vine aquí la primera vez en 1996. La educación es uno de los aspectos fundamentales de esta sociedad. La educación de los hijos es fundamental: la familia, el estado y la sociedad se vuelcan en la educación. Desgraciadamente, eso no lo he visto en España. La obsesión por la formación y por el futuro de las nuevas generaciones en Corea, Japón o en China no existe en España, y no sé si en otros países de Europa existirá o no. Evidentemente nos sacan ahí una gran ventaja. El día que en España la educación tenga tanta importancia como el fútbol, quizá empezaremos a cambiar.


ECONÓMICA
- Dice usted que los chinos son muy trabajadores, ¿qué le diría al presidente de Mercadona cuando dijo que los españoles deberían trabajar como los chinos?
-Es muy difícil trabajar como los chinos. Ellos tienen una ética del trabajo y es una ética que los españoles hemos tenido, sobre todo la generación de mis padres, la generación de la posguerra. Pero creo que alguien nos ha vendido en España en los últimos años que éramos un país rico y que el Estado iba a proveerlo todo. España es un país que ha funcionado en la medida que la gente trabaja, se esfuerza y se organiza y sale adelante. No somos Australia, un país con 23 millones de habitantes que vive en una extensión como toda Europa y que tiene grandes depósitos  de uranio y hierro; ni lo somos, ni lo hemos sido, ni lo seremos nunca. Creo que la gente debe asumir más responsabilidades, deberes sin renunciar a sus derechos, pero conseguir un equilibrio entre ambos. Los chinos cada vez exigen más sus derechos, tener un trabajo digno y unas condiciones dignas con jornadas laborales más reducidas con mayor días de descanso y mayores salarios, vivir en mejores ciudades, con ciudades más limpias, tener más oferta de ocio... Pero en fin, no estaría de más aprender un poco de la ética del trabajo aquí, que no significa copiar, porque somos muy distintos, con historias y antecedentes muy distintos.

PERSONAL
- Siempre habla con mucho sentimiento del empresario español que viene a China.
-No era consciente de ese mundo. Considero que son gente de una gran valía, de un gran coraje, les tengo un enorme respeto y admiración, porque al fin y al cabo yo soy un funcionario, un diplomático y soy un trapecista con red, pero ellos son trapecistas sin red.

Si están enamorados o lo han estado


Si están enamorados o alguna vez lo han estado o creído estar, abran Youtube y pongan de fondo el tema 'Keep holding on' de la banda WASP. También me vale 'Hold on to my heart', del mismo grupo. Cualquiera es igual de capaz.


Hacía mucho tiempo que no sentía el volcán en erupción dentro de mí, el que aniquila a la razón y se apodera del amasijo de sentimientos en el que nos convertimos.

Acababa yo de terminar la universidad y venía de una relación pasional que acabó derivando en turbulenta. Había estado enamorado por primera vez, como todos ustedes lo han estado, irracionalmente, sintiendo aquello que Platón llamó bendita locura; esa locura de doble filo que unas veces te lleva a besar el carmín del cielo y otras las cenizas del infierno.

Recuerdo que en la boda de mi primo Nacho, hace ya más de seis años, yo le decía a una pariente mía, más veterana que yo en este mundo, que aquella cicatriz permanecería en mí de por vida, que jamás volvería a sangrar tanto y que cualquier amor postrero no sería más que un amor fraternal.

Desde entonces me prometí prescindir del placer indómito de vivir la locura irracional de besar el cielo por evitar quemarme los pies en el infierno. El limbo sería el lugar donde me hospedaría, rodeado de cobardes y seres escépticos que rehúsan llegar al infinito por miedo a asomarse al precipicio.

Fue unos años antes, cuando todavía no había empezado la Universidad, cuando dejé, como todos ustedes lo hicieron, de dedicar poemas y poesía escolar a aquellos amores que venían y se iban con la volatilidad de una partícula de arena que se incrustaba en el ojo durante semanas y que luego se deshacía para siempre. Sin embargo, esa arenisca, cuanto más mayor nos hacemos es menos volátil y más molesta.

Muchos escritores han usado su pluma como el cantante ha usado su guitarra para contar que de nuevo estaban enamorados y descoser los sacos de pasión que cristalizaban en el interior. Autores desde los 30 a los 100 años, porque nunca uno deja de ser joven para caer y sangrar por amor.

Hoy me decía una compañera que sería imposible volver a recibir un poema de manos de un hombre, una actividad que queda archivada con la edad, cuestión que compartía hasta hoy en que estoy escribiendo todo esto, revelándome ante mis prejuicios.

Llevo un par de días saliendo a la calle y oliendo a ella en todos sitios, no solo los perfumes que se parecen a los de ella (todos los perfumes diría yo), sino oliendo aquellos rincones de la ciudad en los que como Pulgarcito, hemos ido dejando nuestra marca, una huella que despide un olor desquiciante cuando no se comparte con esa persona y otro olor maravilloso cuando sí se comparte. El mismo olor que despide mi casa cuando después de varios días sin verla, sus pertenencias, inertes, se han quedado desparramadas en la misma posición en la que ella las dejó. Y soy incapaz de tocarlas, como la madre que cierra el cuarto del hijo cuando este se ha ido para que la parte de alma que queda allí adentro no se esfume.

Después de tantos años siendo un cobarde, escondiéndome en cariños pasajeros, puedo sentirme orgulloso de decir que estoy enamorado, esa palabra que como un pez coleando se nos escapa de las manos y nos desgobierna hasta que el tiempo nos devuelva a proa para recuperar el timón de la nave. Pero mientras haya amor, que la tormenta del océano sea quien dirija la embarcación adonde quiera.

Y te lo digo por aquí, porque me escuchas mejor cuando te escribo.

domingo, 8 de julio de 2012

Café 107



Café 107 es el nombre de un bar que te extrapola al paraíso de la cultura. Es imposible venir aquí y no ansiar leer un buen libro, plasmar en una libreta vieja cualquier momento vivido o simplemente escaparte del mundo subido en la ola de una música deliciosa que suena desde los altavoces de alguno de los recovecos de este rincón de Guangzhou que como cualquier encanto de este mundo se aparece desde la maleza de lo rutinario, en este caso, edificios mastodónticos impersonales y un barrio levantado desde los cimientos de la humildad, joven y de aspecto snob.



Aquí hemos conocido a Michael, un chino guapete, de uñas largas y atuendo moderno que estudia periodismo y que da la sensación de balbucear el inglés, pero que en realidad lo domina tanto o más que cualquier extranjero no nativo angloparlante. Sin embargo, su taimada habilidad para hablarlo y hacerse entender hace que parezca que su dominio del idioma sea pobre. Como Michael hay muchos otros muchachos chinos, inseguros de sus capacidades cuando se juntan con un extranjero, como si cualquier detalle venido de occidente les sobrepasara por huero que fuera. Para Michael, tener a dos extranjeros ocupando una de las mesas y poder comunicarse en inglés con ellos hace que el día que se acaba le deje un regusto de felicidad.

En este rincón de Guangzhou uno se siente en casa, se relaja hasta perder la noción del tiempo y aprende a escuchar. Michael nos abre las ventanas de uno de los temas más tabúes en China, la libertad de prensa y nos habla de cómo la cantera de los informadores futuros se preparan para incorporarse a una misión infértil, la de descubrir los delitos del gobernante o esos conservantes añadidos a la injusticia social que edulcoran un país para que el beneficio de unos pocos y el perjuicio de unos muchos se note lo menos posible. Al fin y al cabo, la gran masa es la que levanta con sus hombros y buena disposición al país desde unas fábricas artesanales donde el cuello encorvado se desfigura hacia la vejez prematura y donde los ojos se ciegan enhebrando agujas en talleres desde donde se produce la gran parte del fusilado made in china.

La música que procede de los altavoces del Café 107 se adapta a la horma del lugar, con un pop de sabor a jazz y cantantes chinas que se asoman al extranjero con melodías que suenan a cualquier idioma menos al chino. Es el lugar perfecto para abrir el ordenador, comer algo y dejarse llevar al antojo de las horas, ya digo, en un oasis que te hace pensar, por unos momentos, que no estás en China, hasta que sales a la calle y encuentras de nuevo, sentados en taburetes de plástico en los portales, rodeando al Café 107, a esos hombres descamisados, delgados y de apariencia inocente que con su estilo de vivir maceran la identidad de un país.

miércoles, 13 de junio de 2012

Hong Kong, prohibido prohibir


No recuerdo cuándo fue la primera vez que fui consciente de que había una ciudad lejana llamada Hong Kong, pero sí recuerdo que la había imaginado muchas pequeñas veces y cada vez que recorría sus calles percibía un estilo más fantástico y un paisaje más inédito y planetario, más allá de cualquiera que hubiera en este mundo. El solo hecho de su nombre adquiere de por sí un tamaño monstruoso, como el del gorila del Empire. Pero Hong Kong, aunque tiene bastante de King Kong, es más humana de lo que se pueda pensar, aunque sus particularidades la hacen única, tal y como la había imaginado. Por eso, aunque suene a chiste, esta ciudad me recuerda en cierto modo a Gibraltar o a las ciudades más importantes de Sudáfrica; por la particularidad de que quienes viven en estas urbes no pertenecen a esa zona del mundo naturalmente y sin embargo han enraizado como raras avis.

Porque cuando uno cruza la frontera china y toma el primer metro en HK los rasgos chinos de sus habitantes se suavizan perdiendo su tono afilado; sus ropas se vuelven más elegantes y menos horteras; los modales vuelven y se respira un aire diferente que se llama libertad. Aunque la textura del pelo sigue siendo la misma, la manera de peinarlo es diferente y aunque sus ojos sean igual de rasgados, estos han visto mucho más que los otros y los otros han padecido más que estos. Y a medida que el tren se va adentrando en Kowloon el paisaje cambia, el tren se orea con culturas entremezcladas y la población joven es un calco a la que se ve en NY, mismo estilo, diferentes rasgos, misma apertura de mente. Por mucho que quieras asimilarlo se cortocircuita la mente, siendo posible que a cientos de metros de distancia se produzca un contraste tan marcado entre la cultura de uno y la de otro. Es posible que antes de la frontera solucionar cualquier trámite sea una odisea por las carencias idiomáticas y que al otro lado, esas mismas personas en apariencia hayan cambiado para ser capaces de atender cualquier consulta en inglés y ofrecer un servicio más amable. El sonido de los escupitajos se termina en el momento que se descorren las persianas del capitalismo puro y la fragancia del consumismo se esparce por sus calles aniquilando cualquier resquicio de inocencia. En las mujeres de Hong Kong no se encuentra esa risa atolondrada y nerviosa de las chicas chinas cuando un occidental las aborda. En Hong Kong mandan ellas desde el momento en que eligen qué ropa vestir. Muchas de ellas son inaccesibles por su belleza y por las barreras que imponen con su atuendo, algunas ejecutivas, otras doblegadas a la moda. El arte y la cultura tienen más presencia. Lo único que está prohibido en Hong Kong es prohibir. Hay gordos ingleses y americanos repartidos por los principales barrios de la ciudad y ser occidental aquí no marca diferencias. El turismo rebosa, hay familias de españoles asentados hablando en castellano con niños que serán trilingües desde pequeños. 

Hong Kong está formado por un reguero de 235 islas de diferentes tamaños, la mayoría de ellas despobladas, y por una península que se une al continente chino. Pero su principal actividad se concentra en la falda de una montaña con un frontal de rascacielos y actividad agobiantes y una concentración de personas que hace insoportable caminar.

Hong Kong tiene algo que hace que cruzar la frontera de vuelta a China resulte como pasar de Ceuta a Marruecos, que uno entiende que entra a un hábitat que no le pertenece.

domingo, 6 de mayo de 2012

expatriados


Me pregunto cómo harían años atrás para sonreír aquellos expatriados que buscaban fuera de casa herramientas para progresar en la vida, bien por estudios, por trabajo e incluso por amor. Aquellos tiempos en los que una carta devuelta o una llamada al teléfono fijo de una residencia marcaba un hito dentro del mes. En aquellos tiempos el tiempo duraba el doble y los expatriados estaban obligados a saltar vallas en una carrera de obstáculos que acababan superando con los ojos cerrados. Sin ordenadores ni teléfonos móviles la vida fluía más lenta. Antiguamente, conocer a un español marcaba un antes y un después y ni siquiera cabía la posibilidad de prejuzgarlo o juzgarlo, sino que los dos se beneficiaban de una historia mutua compartida al abrigo de un país, un idioma y unas tradiciones que en la lejanía cobraban sentido. Ahora, en cualquier país del mundo es posible contactar de antemano con españoles afincados en ese país y eso facilita el proceso de despedida de tu casa, ya que se supera una de las barreras más difíciles, la de la incertidumbre. Al menos uno sabe que no estará solo y que podrá preguntar. Semana a semana uno va enconándose en el país y termina por adaptarse. Empieza a frecuentar los mismos restaurantes para comer, compra en el mismo supermercado e incluso consigue hacer de su apariencia algo familiar en el barrio.

Pero aunque se entienda que esa persona ha superado la fase más importante, la de la introducción, es entonces cuando la rutina florece y con ella la añoranza de aquella que le perteneció ya en el pasado, semanas atrás y que irremisiblemente se desvanece para formar otra rutina. Las amistades, los amores pasados y la familia se posan en la corteza del cerebro y parpadean cada vez que se mira por la ventana, se camina hacia el supermercado o se cocina. Los momentos de silencio atraen un recuerdo al que hay que sobreponerse transformando la rutina presente en una constante y haciendo de ese barrio y de las personas que se conocen en el nuevo país una familia y unos amigos que sustituyan las costumbres sobre las que se desanda paso a paso a diario.

Me refiero a aquellos momentos en los que la sonrisa penetrante de una persona local supone un empujón para seguir caminando. Ir al extranjero es una aventura extraordinaria, la oportunidad de satisfacer curiosidades a las que jamás tendrías alcance desde tu país, pero es una tarea espinosa, en la que uno se enfrenta a silencios que solo crujen al albor de la música, la escritura o la lectura, que empatizan con el viajero para soldar aquellos sentimientos a los que el ordenador o el móvil jamás tendrán acceso.

martes, 10 de abril de 2012


Muchas veces he sentido la necesidad de saber tocar la guitarra para dar vida a esas palabras que solo pueden ser hiladas a través de la música y que no atinan con otro formato, pero como solo sé escribir, me toca desquitarme sin música pero con palabras, el consuelo más ancestral. Decía el poeta que los mejores versos se escriben en los peores tiempos. Ya no corren esos tiempos de hambruna y migración, muerte prematura y nacimientos de fetos muertos, pero corren unos tiempos en los que a uno le sobra todo lo que tiene y solo le falta el cariño que ha perdido por el camino. 

Comentaba un empresario experto en motivar al personal que esta nueva forma de vivir, en la que uno no muere hasta los 90 años implica que ya no haya una fidelidad eterna hacia la empresa en donde se madura y envejece; que es muy difícil mantener el amor fielmente durante 50 años sin aborrecer si quiera un instante a la otra persona; que uno necesita motivaciones temporales, proyectos parciales, que nacen y mueren. Y así hasta el final, porque necesitamos actividad, porque nacemos niños y morimos niños, meándonos encima. 

Por eso hay días en los que uno necesita sentarse y ordenar el cajón de la memoria para dejar espacio a los momentos que llegarán y saber que los que pasaron van tomando el color amarillo de la nostalgia, que nunca se desintegrarán pero que irán fosilizando sin retorno, como ese niño que crece y que ya no volverá a ser niño. 

Jamás sabré si haberla forzado a que tomara otro camino habrá sido la decisión acertada, pero cada vez la veo más pequeña, alejándose sin retorno, asomado desde el balcón de los recuerdos.

viernes, 6 de abril de 2012

clases de 'chino'


Ganarse la confianza de una fuente es el mejor premio que puede obtener un periodista. Aunque ahora no ejerza como tal, uno lleva su profesión por dentro y sabe distinguir una historia buena de otra mala. Y cuando esto pasa debe mantener en calma la pasión que por dentro le hierve.

Isaac, de la empresa Químicas Sanz, con su traductor
Asistí a una feria del mueble en el complejo más grande del mundo en organización de ferias y exposiciones, el de Guangzhou. Miles de kilómetros cuadrados destinados a exhibidores de empresas, clientes y compradores venidos de todo el mundo. Huele a negocio en todas las esquinas. A las 12.30, después de más de dos horas visitando stands para elaborar un informe para el Icex y recabar información para un cliente interesado en el diseño industrial, recogí a M e hicimos la pausa de la comida. La hora del almuerzo aquí es incluso más temprana que la europea. "Los chinos comen a las 11 o 11.30, así que lo mejor es que nos vayamos a las 12.30 para no hacer tanta cola", me comentaba M. Oculto el nombre porque aunque no creo que el gobierno chino se preocupe por este blog, intuyo que a M no le sentaría bien reconocer su nombre aquí. M nació en Mallorca, pero proviene de una familia china de la primera oleada de inmigrantes que puso pies, morada y futuro en España. "Restaurante La Gran Muralla", bromea. Tiene 27 años y una experiencia que se percibe en unos ojos que ya han derramado toda la inocencia a base de tanto abrir y cerrar el tarro de la vida.

La empresa Alvic, de la mano de su distribuidor en China,
montó un stand


M habla un español de jerga casi perfecta y de sonido casi engrasado. Ojos, boca y pelo chinos, pero sonrisa y humor europeos. Vivo como un moro, no se le escapa una y sabe manejar los tiempos y sus palabras para llegar a donde quiere, ni un metro más ni uno menos. Estudió en un colegio español hasta los 6 años, cuando su madre lo mandó a Shanghai con la abuela para que recibiera el cariño que en España le iba a faltar a causa de la dedicación que requiere la hostelería. Fue a la escuela hasta los 10 años. Regresó a España y fue absorbiendo el idioma nuestro hasta que lo dominó para tener que regresar con 14 años a China y otra vez venir a España para hacer el bachillerato y quedarse hasta perder de vista su adolescencia entre las playas de Mallorca. Tiene una novia francesa, algunos años mayor que él y también ha vivido en Ginebra, "la mejor experiencia de mi vida, macho, allí se vive bien, se gana mucho dinero. Una limpiadora allí gana como mínimo 2.500 euros y hoy en día más, con el franco suizo casi a la par del euro, todavía se vive mejor. Allí no hay problemas de dinero, pero aquí sí, amigo, aquí el dinero lo mueve todo". Días atrás, también en la feria y a la hora de la comida, ya había advertido a un chino que se había colado hasta dos veces consecutivas en una larga cola de espera en busca de la ración. "Los chinos son así, tío, no quieren problemas, pero se van a colar así silenciosamente y como los chinos no quieren problemas pues nadie le dice nada y parece como si no hubiera pasado nada". Dos días después fui yo el que secundé las palabras de M. Esperando al coche eléctrico que conecta los pabellones de la feria se me coló una pareja de chinos y al igual que hizo M, les recriminé en un inglés que ellos no entendían o no querían entender que retrocedieran a su puesto. Fue entonces cuando el resto de chinos de la cola reaccionó, hasta incluso cederme todos la primera posición en una demostración de vergüenza y supeditación a cualquier actitud occidental.
Una de las pasarelas que conduce de un
pabellón a otro

"Hoy en día se puede exportar de todo. Cualquier país puede hacer cualquier cosa y en China se hace de todo, menos artistas. China no tiene artistas", me decía M. "En China no hay libertad, en el colegio sufrimos la presión de la competencia. El mejor no es el más gracioso de la clase como sucede en España, aquí el mejor es el que mejores notas sacas". Le pregunté que por qué sufrían esa competencia. "En el colegio no solo sufres la presión del profesor, sino de todos los que te rodean, tu familia va a preguntarte, tus tíos, tus abuelos, la limpiadora que limpia el cuarto de baño del colegio va a preguntarte por tus notas. Yo estaba entre los normales de la clase, mis notas eran siempre de ochos y nueves, pero los mejores estaban entre el 9,5 y el 10. Esos eran los más reconocidos de la clase" -seguía-. "En China no se piensa. Aquí no se promueve que el alumno pueda pensar. En España hay libertad, yo me sentía libre cuando iba a España. Era yo mismo y el resto no podía decidir por ti, pero aquí dependes de tus padres. En España tu padre te dice que no salgas con una china y tú le dices a tu padre que te deje en paz. Aquí, si tú quieres estar con una china, dependes del dinero y entonces el padre dirá si eres apto o no y la niña tendrá que obedecer. Aquí todo se impone y por eso el chino que entra en el colegio hoy será un hijo de puta el día de mañana y se portará como un cabrón con sus trabajadores. En una negociación con un chino, te darás cuenta de que el chino nunca va a decir que no a algo, es más, tú te vas a ir con la impresión de que ya se ha llegado a un acuerdo favorable para los dos, pero el chino luego va a hacer lo que le dé la gana, porque tiene que demostrar poder ante sus trabajadores y simplemente por su orgullo va a trastocar todo lo acordado y hacerlo según le parezca aunque sepa que lo acordado sea más favorable, pero tiene que mostrar poder". 

M reconoce los defectos y las virtudes de los españoles y chinos por igual, tiene un corazón forjado en dos países. "Eso sí, el chino en las matemáticas es rapidísimo. Está adiestrado para eso, sabe el camino que tiene que seguir y no se va a salir de él. Por mucho que uno quiera, al final acaba entrando en vereda. Los chinos son animales, tío, son animales. Tú sabes que a un perro se le dice que se siente, si no se sienta se le da un azote; si no se siente se le da otro; si no, otro, y al final se sienta. Pues aquí es igual, ya te darás cuenta. Los comunistas tienen todo el dinero, tienen dinero de otros países, cantidades enormes de dinero de otros países, ya están podridos de dólares y ahora se están haciendo con euros, hasta que tengan más euros que la propia Europa. Ellos saben lo que quieren y no van a descansar hasta que se hagan los amos del mundo". Siempre me ha llamado la atención la cantidad de policías que hay en todas partes en China. "Esos no son policías, son guardas o en todo caso policías de la ciudad, no hacen nada. Están todo el día sentados, no trabajan". Y es que se calcula que solo en GZ se necesitan alrededor de un millón de trabajadores para cubrir vacantes. Un par de representantes de la empresa Conejero, del subsector de rodamiento para mobiliario lleva viniendo a GZ desde hace muchos años. También presentes en la feria, uno le decía al otro, China no es lo que era hace ocho años. "Cuando venía las primeras veces, veía en la carretera a un montón de chinos cortando uno detrás del otro los setos y matorrales de la carretera y ahora apenas hay, porque se necesita mano de obra en otros sitios. China ha cambiado. Ya tampoco se escupe. Yo llegué a contar más de 500 escupitajos seguidos mientras esperaba en el aeropuerto, lo de ahora ya no es escupir, hombre", le comentaba el más veterano al más novel.

"Los que de verdad imponen son los militares. A los militares se les manda a eventos importantes, a la expo de Shanghai, por ejemplo, muchos no llevan ni armas, pero tienen todo el poder. ¿No has oído hablar de la tortura china? Los chinos son crueles". Y me lo corroboraba horas después Igor Burgos, responsable de la filial alicantina Zahonero en China, la más veterana en GZ. Igor lleva ocho años en el sur de China, es padre de una hija china y casado con una china "occidentalizada", apostilla, "porque si no acabarían por consumirte en su cultura". "No puedo pensar que me quedaré aquí para siempre, porque pensaba eso hace diez años y luego, mira, de Zahonero Italia a Zahonero China. "¿¡Que no has visto accidentes en China!?" me preguntaba perplejo. "Yo era como tú, hasta que un día, en una carretera normalmente despejada de gente vi una acumulación de tráfico, me acerqué con el coche a ver por qué estaba tanta gente parada y vi una pierna por aquí, un tronco por allá, una pierna, la otra y los camiones pasando por encima".

La parcela española, con cuatro empresas españolas
integradas en él
Y poco a poco, en el tiempo que llevo aquí voy cayendo en la cuenta de que, como me dice mi predecesor en Extenda, la china "es una sociedad que ha pasado del estado feudal al capitalismo en solo 30 años" y han absorbido toda la transición de un estado a otro en décimas de segundo, de tal forma que es posible ver a chinos desterrados en los campos muriendo cuando las inundaciones ahogan sus cosechas, otros atiborrados de un dinero que jamás pensaron correría por sus venas de niño pobre y otros capaces de repasar con las ruedas de su camión las piernas de un muerto en carretera.

Por eso, día a día, después de haber sentido la fascinación del emporio chino, veo como esos castillos de piedra se desmoronan hasta formar una ceniza de contaminación en la que todos los chinos parecen autómatas, como si hubieran sido prediseñados al amparo de aquel libro que preconizaba un mundo feliz dominado por la casta Alfa y ordeñado por los Gammas. "En China no hay naturaleza apenas, nos la hemos cargado. Al Gobierno le da igual con tal de hacer dinero. Todo está lleno de cemento", dice M.

Sin embargo, cada mañana veo decenas de ellos con mascarillas, o niñas remilgadas sacudiéndose con aspavientos el humo de los autobuses, como mandando mensajes de desapruebo al régimen, pero siempre caminando obedientes por la vereda. Como dice Igor, "tengo un amigo casado con una china profunda, con sus tradiciones grabadas a fuego y está ya el pobre que no puede más".